por el Arq. Claude F. della Paolera
Planificador Urbano y Regional,
Vicepresidente de la Academia Argentina de Ciencias del Ambiente

octubre 2002

 

LA POBREZA DE LAS CIUDADES

Si bien el fenómeno del empobrecimiento de las ciudades ha afectado con intensidad variable a muchas de ellas, especialmente en los países que no alcanzaron aún su pleno desarrollo, esta propuesta está referida en exclusividad a las argentinas, donde este proceso ha mostrado un explosivo crecimiento en los últimos tiempos, con el fin de formular una vía de solución para ese acuciante problema.

Es ciertamente visible la preocupación oficial por los sectores marginados, y también se ha incrementado la toma de conciencia del problema por parte de la población en general. Fueron aumentadas, en la medida de lo posible, las partidas presupuestarias con fines sociales, han sido creados organismos específicamente destinados a canalizar la ayuda y muchos políticos se muestran ansiosos – sin dudas, algunos de buena fe – por acceder a alguna responsabilidad oficial en las áreas de bienestar, desarrollo social y combate a la marginalidad, para así lograr poner en práctica sus proyectos.

Es recaudado mucho dinero con estos loables propósitos, pero los recursos que llegan a los beneficiarios finales son ínfimos en relación con lo captado y su aplicación perpetúa la pobreza, en vez de disminuirla.

El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, ha dicho recientemente que "los obispos estamos cansados de sistemas que producen pobres para que luego la Iglesia los mantenga" y agregó que "la asistencia del Estado no alcanza porque llega a los necesitados un 40 por ciento y el resto se pierde en el camino de la corrupción."(1)

Pareciera que la presencia de la pobreza en el escenario urbano es una garantía de permanencia de ciertos compromisos políticos no escritos, y que de alguna manera se vincula la supervivencia del puntero del barrio con la existencia de la villa o del asentamiento irregular que de una u otra manera sirve a sus intereses.

En la esfera oficial, las recetas utilizadas no aportan ninguna solución, ninguna creación de empleos o de nuevas fuentes de trabajo, pero en cambio se da rienda suelta a la retórica y a la demagogia. Peor aún, se lesiona gravemente a la ciudad cuando son adoptadas medidas intrascendentes en lo social, pero gravosas para el futuro desarrollo de esa urbe. En un mundo mayoritariamente urbano, donde las ciudades compiten permanentemente entre sí, estamos hipotecando el futuro de las argentinas, y se pierde la vocación de grandeza que alguna vez ostentaron Buenos Aires, la París de América del Sur; Córdoba, la Docta, o Rosario, la Chicago argentina.

En efecto, ¿qué solución reciben las miles de personas a quienes el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires paga un precario alojamiento en hoteles de mala muerte por 90 días, al cabo de los cuales son arrojados nuevamente a la calle, completado que fue el transitorio abrigo?

O si no, ¿qué solución representa para la ciudad consolidar la presencia de un asentamiento irregular mediante la provisión de agua potable y alguna vereda pavimentada, cuando el lugar elegido para este asentamiento perjudica las posibilidades de desarrollo de todo un sector urbano y, por sobre todas las cosas, ello no resuelve el problema fundamental de los "beneficiarios", que es la falta de trabajo y sus consecuencias, el hambre y la miseria?.

¿De qué sirve distribuir los famosos planes "Trabajar" o sus derivados entre habitantes de núcleos urbanos a quienes ni siquiera se les exige una contraprestación de trabajo efectivo y real?

En nuestra opinión, en éste como en tantos otros problemas que aquejan a la Argentina, se ha acometido la atención de lo urgente y no se ha pensado en lo importante.

Al no existir una política de ordenamiento del territorio nacional, fueron promovidas escandalosas concentraciones de población en muy pocas ciudades, que ostentan desde entonces y simultáneamente, los más altos índices de riqueza y de miseria.

En los países desarrollados del hemisferio norte, la población se ha distribuido de manera mucho más equilibrada. En Europa Occidental, por ejemplo, las ciudades de mejor calidad de vida no superan los 500.000 habitantes, y por lo demás no tienen ni deseos ni interés por captar una mayor población. Es que la competencia que practican se basa esencialmente en el mejoramiento de esa calidad de vida.

Asimismo, los subsidios agrícolas, tantas veces vilipendiados por los productores argentinos, no se destinan necesariamente a la protección de una producción agrícola más que razonable en esos países, sino a mantener una equitativa distribución de la población en el conjunto del territorio nacional. En Europa, los subsidios mantienen ocupada a la gente en los campos y comunas rurales, en tanto que en la Argentina, los planes "Trabajar" la retienen, desocupada y resentida, en las ciudades.

La exacerbación del proceso de empobrecimiento de las ciudades argentinas, al que se han sumado para colmo de males, el avasallamiento y destrucción de una porción de la clase media que había hecho grande a nuestro país, requiere soluciones mucho más imaginativas y efectivas que las acciones aplicadas hasta ahora, con una funesta e interminable dilapidación de recursos.

La propuesta que sigue toma en cuenta esa situación, y además, la existencia en nuestro territorio de muchos pueblos "fantasmas", que han ido mermando su población por la pérdida de su conexión vial o ferroviaria o, también, por el cierre de su única fuente de trabajo, y que sin embargo, mantienen intacta una infraestructura urbana básica de relativa importancia.

Como en alguna otra iniciativa concretada con éxito en la cual me tocó intervenir (2), la propuesta sugiere hacer de la combinación de los dos elementos negativos, la pobreza de la ciudad y el abandono del pueblo rural, con sus secuelas de desánimo, falta de esperanza y frustración, un producto que torne posible la recuperación de la dignidad humana, suministre una fuente permanente de trabajo, y haga factible una mejor distribución espacial de la población.

La propuesta consiste entonces en utilizar la infraestructura y equipamiento subsistentes en estos pueblos fantasmas, completándolos en cuanto fuere necesario, para radicar a la población de escasos recursos y proveniente de las grandes ciudades que exprese su deseo de emprender una nueva vida de trabajo y con dignidad.

Las municipalidades de las mayores ciudades, tales como Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza o Neuquen, en vez de seguir proveyendo "a fondo perdido" alojamiento precario a un altísimo costo y sin solución laboral, convendrían con las comunas y pueblos rurales que adhiriesen al sistema la inversión de los recursos municipales en dichas comunas, con el fin de reconstruir y completar los cascos urbanos, y adquirir una extensión de campo anexa o vecina para ponerla en producción intensiva como colonia agrícola, la cual progresivamente se convertirá en el sostén económico de la nueva comunidad así formada.

En vez de pagar habitaciones de hoteles por 90 días, los gobiernos de estas importantes ciudades podrían canalizar estos y otros recursos para la radicación de tres o cuatro mil familias por núcleo, entre las que desempeñen actividades urbanas en el pueblo y las que habiten y exploten en forma intensiva el medio rural anexo.

Es en estos treinta nuevos núcleos donde deberán ser construidas las ochenta ó cien mil viviendas que integran el plan de infraestructura pergeñado para la reactivación económica de nuestro país. No en las grandes ciudades, donde sólo servirían para aumentar las tensiones sociales y extender sin límite la aberrante ocupación del suelo existente.

A poco que se inicie este proceso, en forma espontánea y apenas inducida, se notará el restablecimiento de un tejido social sin fisuras, mediante la radicación de jóvenes profesionales, médicos o enfermeros, maestros y empleados de comercio. También los viejos, que son los últimos habitantes en estos pueblos desahuciados, podrán contarles a estos nietos artificiales cómo eran las cosas en su tiempo, restableciendo una sana tradición, y enseñar a los más jóvenes el oficio que ellos practicaron en sus años mozos. En fin, podrán demostrarles a propios y extraños que ellos todavía son útiles.

Tres condiciones más serían requeribles para que esta propuesta fuese viable. La primera, que cesen los subsidios del tipo Plan Trabajar, al menos en la forma ineficiente en que fueron concedidos hasta el momento, y que los recursos sean canalizados durante varios años para favorecer la radicación de nuevas poblaciones, según este modelo de desarrollo sustentable; la segunda, que la ciudad madrina se comprometa a comprar durante un plazo mutuamente convenido toda la producción de la colonia agrícola que apadrina, a precios de mercado, y con destino al abastecimiento de sus hospitales y comedores escolares, la tercera, que esta versión a la argentina del "kibbutz" israelí, quede conectada a la red vial básica de la infraestructura vertebral por ser construída, elemento esencial para iniciar el despegue de nuestro país y el de este proyecto en particular.

Tenemos el deber moral de recobrar la esperanza y abolir la frustración entre los jóvenes. Debemos crear fuentes de trabajo, podemos recuperar pueblos abandonados con inversiones limitadas pero de efecto multiplicador y podemos recuperar en nuestras grandes ciudades un tejido social en que convivan ricos y pobres, en equilibrio y sin la arbitraria discriminación de la villa o del barrio cerrado.

Sabemos que la gestión de estos programas configura,, a menudo, su talón de Aquiles, máxime cuando se descansa mayoritariamente en la acción de los gobiernos. Reconocemos, sin embargo, que será necesario contar ineludiblemente con el apoyo oficial y con una mínima, pero muy comprometida participación de todos los niveles de los gobiernos nacional, provinciales y municipales.

Para encaminar adecuadamente esa gestión, hay en nuestro país, por fortuna, muchas organizaciones privadas de bien público, civiles y religiosas, capaces de llevar a cabo con éxito programas solidarios, mediante procedimientos eficientes y transparentes. Varias de ellas se encuentran en plena actividad en programas similares por su envergadura o responsabilidad, y nada mejor que acudir a ellas para obtener los beneficios de su experiencia y vocación de servicio (3).


 

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