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NATURALEZA
MUERTA
¿Cuál es la diferencia entre una naturaleza muerta y un
plato de frutas frescas? Los argentinos estamos en el momento justo
de aprenderla. Cada día dos dimensiones de la realidad chocan
entre ellas, a cada instante esas dos dimensiones libran su batalla
para imponerse la una sobre la otra. De este proceso saldrá una
nueva larva pegajosa o el inédito bichito de luz que imaginan
millones, pero el camino está plagado de confusiones, de desatinos,
de lacra vieja que se presenta como debutante.
Ahora a todo el mundo se le ha dado por discutir ideas.
Vaya latiguillo en un país en el que las ideas no se mataban
pero la gente, cómo no. Dígame dónde y a cuántos.
¿Cómo quiere matarlos? ¿De un tiro en un asalto?
¿Fusilados en una fuga? ¿Torturados en una comisaría?
¿De hambre? ¿De tristeza? ¿En un atentado nunca
esclarecido? ¿En la explosión de una fábrica de
armamentos? ¿Suicidados?
Ahora todos acaban de nacer de un huevo, y recién nacidos como
están, inocentes, sinceros, limpitos, con el corazón en
la mano dicen que quieren discutir ideas. La carrera electoral los ha
envalentonado, y es que conocen el paño. Total la gente se olvida,
la gente se cansa de estar escrachando políticos, puteando a
los gerentes de los bancos, haciendo ruido con llaves de casas que van
a ser rematadas, la gente se pudre y se conforma, les prometés
cien mil puestos de trabajo o una revolución productiva y los
tenés comiéndote de la mano.
Peluquines, sonrisas con todos los dientes, palos de golf, denuncias
al voleo, liftings estridentes (Cavallo otra vez, Manzano otra vez,
Nosiglia debe andar cerca), palabras, palabras: hagan la cuenta de cuántas
veces cada candidato o precandidato dice ideas, proyecto, negociación,
recursos, integración, inclusión, puestos de trabajo,
consenso, renovación, reconstrucción, refundación,
y siguen, siguen, siguen como si la tragedia no los rozara, como si
ellos hubiesen permanecido empollando la nueva Argentina mientras la
vieja se hundía.
Y la gente, es cierto, se pudre de andar recordándoles a ellos
que no tienen vergüenza. La gente está agotada y está
ocupada en otra cosa. Como pudo leerse en este diario el domingo pasado,
hay miles de personas ocupándose de otros, adoptando a los otros,
dándoles de comer en comedores surgidos de asambleas o de grupos
de vecinos aislados que decidieron dejar de aislarse.
Hay gente que junto con la basura saca a la puerta de su casa huevos
duros, para que esa noche, al menos alguien se quede de este lado y
no se fugue al abismo de la desnutrición. Hay gente que cede,
a la salida del supermercado, alguna de sus bolsas de alimentos para
los hambrientos que están esperando. Hay gente que compra ramos
de fresias a un peso y ya no sabe qué hacer con tantas fresias,
pero las acepta para que la moneda que da no sea limosna sino una transacción
lo más normal posible, algo que mantenga al que vende las fresias
en un estado parecido a un trabajo de vendedor de fresias. Hay gente
que inventa necesidades para que otro las cubra: Verónica está
pintando su casa para darle trabajo al pintor; Alberto compra comida
hecha para darle trabajo a una vecina; Marta podría y debería,
dado su presupuesto, limpiar su casa, pero se niega a sumergir en el
desempleo a la señora que trabaja con ella desde hace doce años.
Ninguno de estos gestos es caritativo en el sentido-té-canasta.
Cada uno de estos gestos son de supervivencia, de resistencia, de mayoría
de edad. Cada una de estas personas hace lo que hace por el bien del
otro, pero también por su propio bien. No es simple pureza de
conciencia ni cielo ganado lo que subyace en estos gestos: es tierra
firme, red.
Mientras los viejos y absurdos dirigentes pintan sus naturalezas muertas
creyendo representar la fruta fresca, no representan nada. En las veredas
la gente no se pregunta cuál es la diferencia. Está a
la vista, y es una diferencia obscena.
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