Carta
de Alejandro Schmidt
Villa María - Córdoba - Argentina
enero 2002
QUE NOS ECHEN, SI PUEDEN
Que nos echen......si pueden, porque no me voy del país.
Porque quiero ser el último en apagar la luz y el primero en
encenderla. Por la sangre derramada y la sangre contenida. Por todos
los exiliados que volvieron ante la primera oportunidad y dejaron
beneficios, ventajas, chances. Por la misma perra lucha de siempre,
en el país, con el país. Por esas mujeres que dan vueltas
en la plaza todos los jueves y éstas más recientes que
giran por sus ahorros, por los dos extremos de esa metáfora
que somos. Porque no quiero sufrir o disfrutar el país fuera
del país. Porque dice el Martín Fierro: "no te
apartés del rincón / donde empezó tu esistencia
/ vaca que cambia querencia / se atrasa en la parición"
y dice en la Biblia que cada cual busque entre los suyos. No me iría
por los amigos y mucho menos por los enemigos. No me iría porque
este país es mío, de mis padres y mis hijos y ¿cómo
podría dejar lo que es mío y pertenecerme aún?
Cada uno, al irse, deja lo mejor. Porque todavía le falta mucho
al sauce que planté en el patio, mi hijo no conoce Buenos Aires
o la nieve y tengo que conversar con unos quinientos poetas de la
palabra argentina y sentir su amor, su maravilla. O a lo mejor sí,
me iría del país, pero llevándome llanuras, cordilleras,
ríos, el mar y el fondo del mar y los desiertos y los inundados
y todas las latas, todo nuestro silencio inmenso de pájaros,
entonces sí, me iría con 37.000.000 de argentinos, con
ellos, sobre todo, me iría a cualquier lado, pero, ya lo estamos
haciendo, viajando al infierno, a la esperanza. Porque el dinero es
lo único que importa cuando ya nada es importante y siento
que es importante este vecino que pasa con su fervor o su llanto hacia
el viento o el de ayer que se apuró a pedirme un destapador
para la cerveza de la siesta. Porque me niego a temer el hambre y
la impotencia hasta el punto de abandonarla en otros y negarme en
la historia. A creer que no fuimos, no somos, ni seremos. Porque todas
las mentiras, los robos o la frivolidad, no son ni una brisa en el
rostro de nuestros héroes de bronce y carne. Porque todos lo
jubilados, los asesinados, los subalimentados, los que están
naciendo hoy, los que están muriendo hoy, claman en el corazón
de mis sueños y mis días. Porque el futuro de los hijos
no es una coartada, ni la inteligencia o las carreras profesionales
que se pagaron con el sudor del pobrerío o de la usura, ni
esta inextinguible fantasía de la clase media (material o simbólica)
por comprarse la sensación de vivir en una propaganda televisiva.
En todo caso prefiero ser un hombre entre las ruinas a un fantasma
en prometidos paraísos. Porque dediqué toda mi vida
a la belleza y sus palabras y no encontraría jamás el
término exacto para describir el resplandor de estos cielos
del sur a aquéllos que no tuvieron ni estos padecimientos ni
esta luz. Porque ser argentinos es una fatalidad que no sella pasaportes.
Decía Marechal la patria es un dolor que no tiene bautismo
y cada uno de nosotros es el agua bendita y el nombre de la patria.
Porque esta tierra, y sus seres, me hizo posible saber que, al fin,
lo cierto, está enterrado hondo entre nuestros huesos de humillación
o hastío o a lo sumo en esos rostros junto a los cuales crecimos
y envejecimos, en la casa de los muertos y los brazos maternos del
albor. Que se vayan aquellos a quienes les queda chico el país
y su esperanza, los que se sienten prescindibles, inútiles,
errantes, aventureros... Siempre será ésta su patria
(eso es la infancia por ejemplo) su tierra abierta al fin del mundo...
No me voy del país porque me queda grande el país, y
estoy aprendiendo recién a merecerlo.
Alejandro Schmidt