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MORIR DE AUTOCOMPLACENCIA ES LO PEOR QUE PUEDE
PASARLE A UNA DEMOCRACIA.
Un loro nunca da un paso en falso. Usted verá que siempre un loro, antes
de pasar de una rama a otra, estirará su pata derecha con mucho cuidado
hasta asentarla firmemente en su nuevo sostén. Todo lo contrario del
perro que, ante un entusiasmo, se acelera de inmediato y al final
no sabe para dónde va ni para qué.
Se dice que los hombres latinoamericanos son como los loros. Por ejemplo,nunca
abandonan a su pareja hasta no tener una pata en la siguiente. Y la
maniobra la harán cuidadosamente ya que no les gusta estar solos ni
un segundo. Las mujeres, por el contrario, cuando deciden abandonar
a sus compañeros, actuarán más bien como los perros, vehementes y apasionadas,apostando
inmediatamente al todo o nada.
Cuando toman la decisión será sin pensar en la soledad ni en el desquiciamiento
que su actitud podría acarrearles. Lo descrito, indudablemente, no pretende
ser una generalización sexista, aunque lo parezca, ya que también hay
hombres perros y mujeres loros.
¿Qué comportamiento será más sano cuando se trasladan a la esfera del
Estado?
Veamos. El vertiginoso perro, cuando se le pone una idea fija que lo
entusiasma y lo identifica, puede correr hacia una autodestrucción complaciente
que sólo descubrirá en el momento del desastre. Se sentirá eufórico
en el vértigo de estar haciendo algo y lo hará sin escuchar a los demás,
pensando en qué bien loestá haciendo. El problema es que a veces ese
placer está basado en supuestos falsos que se inventa para poder disfrutar
de su imagen en la laguna antes que nadie le diga nada y saltarse así
el dolor de la crítica.
El perro, en su avasalladora carrera no tendrá tiempo de traicionar
conscientemente, aunque pueda destruir un jardín completo jugando a
ser dinámico y vital.
Transgredirá, violará o forzará reglas olímpicamente con tal de meterse
rápido en el camino fácil de pensar que está en la carrera correcta,
basado principalmente en sus emociones.
Ceguera animal
El loro, por su parte, traicionará conscientemente para buscar la seguridad
a toda costa, pensando que ya tiene un recambio para lo que está abandonando.
Es un calculador profesional y, si bien, su mecanismo es inverso al
del perro, su fin será el mismo: la ceguera autocomplaciente.
El sentido trágico de América Latina la hace meterse una y otra vez
en una inocente autocomplacencia proveniente de un espíritu, sea de
origen loresco o perruno, que asola a su gente que vive bombardeada
de utopías del tercer milenio (puede ser ésta la utopía de la antiutopía),
mientras sus calles siguen llenas de mendigos, hollín y depresión manejados
por perros y loros que se miran de reojo.
Por autocomplacencia, por ejemplo, se debilitó la Revolución Cubana,
gran esperanza de los 60. Así murieron también casi todas las experiencias
de izquierda como el sandinismo, el allendismo y otras.
Por autocomplacencia murieron las dictaduras de los 70. Por autocomplacencia
ha comenzado a morir ya el liberalismo a ultranza de las nuevas economías
latinoamericanas.
Ojalá que, por lo mismo, no se mueran las democracias.
Casi un 50% de los latinoamericanos dicen que no les importaría volver
a tener gobiernos autoritarios (en Chile un 42%), según la última medición
del latinobarómetro. Perros acezantes y loros calculadores han puesto
la democracia en peligro una vez más.
Las autoridades de todo tipo de estos países debieran ya saber que no
reconocer los propios errores a tiempo las llevará necesariamente al
debilitamiento por autocomplacencia. Corren el peligro de morir por
indiferencia de sus gobernados.
Morir de autocomplacencia es lo peor que puede pasarle a una democracia.
Porque este tipo de enfermedad tiene convalecencias muy largas y desemboca,
muchas veces, en diversos tipos de fundamentalismos.
Desafortunadamente, en un mundo que se muestra lleno de grandes adelantos
en las comunicaciones y en el transporte, y en todo tipo de transferencias,
se ve con impotencia la lentitud con que las mentes se adaptan al presente,
y no hay voluntad, ni creatividad ni tolerancia suficientes para tratar
los nuevos problemas. Y los gobiernos por razones siempre especulativas
sobre lo culturalmente correcto no logran realizar reformas sustantivas
a las cabezas del personal.
Crece el discurso sobre la justicia, la probidad y la igualdad paralelamente
con el crecimiento de la corrupción, el abuso y la descalificación del
más débil. Argentina come en estos días la basura de sus propios demócratas.
En Chile, después de varios años de espera en la transición, se escuchan
otra vez fuertes reivindicaciones que no traerán días tranquilos. Y
así, varios países de la zona. Los oídos de los gobernantes no parecen
estar lo suficientemente limpios.
La asfixia por autocomplacencia se cierne sobre América Latina porque,
a pesar de ciertos cambios de mentalidades en algunos estamentos, aun
no logramos salir de la sordera de los leones del Olimpo. Faltan oídos,
ojos que vean más allá de lo abstracto, narices que huelan más allá
de las próximas elecciones. En fin, mentes fuertes que no se dejen llevar
por la loca carrera de un perro irreflexivo ni tampoco por los pasos
previsibles de un loro frío y asegurado.
"No hay nada repartido más equitativamente en el mundo que la razón:
todos están convencidos de tener suficiente"/ René Descartes
Un abrazo; Kike Maldonado |