Fitz Roy y Gorriti

Fue la esquina,
un trozo de la edad
donde el semen
rompe la liana y tarzán cae al suelo,
un recodo de azul y cachetadas,
un poco de fogatas y cachurras
con burras somnolientas.

Se vivía,
estaba en el listado de las citas
como una madre
tapando los inviernos.

Era un reducto de imagenes
y pantalones cortos
y sexos preparados.

  ¡Tenías, che Fitz Roy
una cara de Gorriti tan cansada!

De ahí salieron los míos
para el mundo;
sólo Ortega,
el mellizo,
una noche de enero
sintió cómo la goma trasera de un micro
se le detuvo en medio del estómago
y se murió de tonto, de pibe y de colado.

Todo,
nosotros,
y el umbral almacenero de María,
era la barra,
donde Dick Trace
se codeaba con Pontoni
y norma, la petisa,
era violada de frases y promesas:

Después,
el tiempo
creció como la barba
y se fueron don Carmelo
y don Vicente
aquellos jubilados
que nos daban presencia de mocosos.

Nunca pasó el tranvía
que "mamadera" soñó en su meningitis.
En esa esquina
se escondía un poco Buenos Aires.

Ahora es un recuerdo profanado
por hueverías y colectivos torpes,
no tiene ni el olor
que del potrero
se nos venía encima en las mañanas.

La han preñado de edictos y cortinas
como una casa de citas subterránea.
Sólo queda el furioso corralón
donde crecí de pronto,
sus mismos adoquines
y ratas familiares,
y esa lágrima
que me cayó del hombre
y floreció en poemas.

La esquina,
como un antepasado pregonero
tiene un murmullo de voces juveniles
de recuerdo y nostalgia.

Chau,
guarida del dolor y la tibieza.

Eduardo Mazo
(desde Barcelona)




(para "Palermo Viejo") EL CORRALÓN

En uno de los viejos corralones (caballeriza y depósito de carruajes)
del viejo barrio de   Palermo, el poeta y su familia vivieron veinte años.
Al viejo corralón, ahora... lo están cambiando.
Cada día que paso,
el corralón desaparece
en medio de martillos y diagramas,
levantaron los pisos de las piezas
y hasta el portón
es un triste agujero
con vista a la tristeza.
Pedí permiso,
entré,
vi las piedras alargándonse en el patio,
y en un gozne sin luz vi tantos años,
que todo fue de pronto,
ayer, nomás,
ayer,
mamá,
Ricardo,
Alicia,
y el viejo con su cara de sirio y medialuna,
ayer,
hace un rato
(¡muchachos, preparen las sonrisas,
estoy lleno de sed este verano!)
ayer fue,
acá está la pileta,
(la sombra de la vieja
todavía está lavando.  
Acá está la pieza de Carmelo,
se huele su cigarro,
acá está la mesa
y el gol de San Lorenzo como una bendición,
acá está el cálido saludo de los tíos
y todavía calienta el fuego del asado;  
atrás,
fue ayer
("¡Todo el día en la calle, todo el día!")
atrás,
once pesebres de avena y pasto enrarecido
y "Porota",
la yegua casi humana
que sabía el camino de la feria
cruzando en dos la lanza de la chata,
y don Tito que no limpia la bostera,
y los gusanos
de la bostera al baño,
(todavía molestan los gusanos,
todavía   molestan),
aquel potrillo que nació de noche
y nos soliviantó los trastos;
(fue un verano, recuerdo,
llovían las estrellas en el patio).
Era la casa,
era,
ayer,
un lugar de paredes incorrectas
donde crecí
-crecimos-
Fitz Roy al mil seiscientos
y el amor,
juntos,
defendiéndonos del gris y los asombros,
como un arca de Noé!
sobre el diluvio
de una miseria limpia.
Sumo veinte años y una lágrima
cuando salgo a la calle.
La calle está desierta.
Lo están cambiando.
El corralón se va sin darse cuenta,
adolece de viejo en las fisuras.
No hay un solo regreso
para cantarle a solas
¡y las computadoras están que vuelan!
Desde la vereda de enfrente
paso de costado y le adivino el alma.
Hay una luz en la cocina,
debe ser mamá que anda...


Eduardo Mazo
Buenos Aires 1974 (de noche...)




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