PASOS PERDIDOS
por Aniusha Tzarev
Siguiendo la orientación de los encargados de la ceremonia, las
personas dejaron caer una lluvia de claveles sobre la caja de madera
que ya estaba en el fondo de la sepultura. Algunas palabras más
dieron por terminada la despedida y los presentes poco a poco, empezaron
a recorrer el camino de regreso. En pocos minutos, el ruido de los pasos
y los murmullos llorosos se fueron apagando y en el bellísimo
parque solo quedaron los empleados retirando los elementos que habían
utilizado y luego, silenciosamente también, se fueron.
El geométrico corte en el césped, quedó provisoriamente
cubierto con una tapa de chapa verde; luego trabajarían hasta
disimular el corte y la alfombra verde quedaría perfecta nuevamente,
acunando un cuerpo más.
Cuando
los pájaros habían retomado su canto rutinario, el hombre
que había permanecido alejado del grupo y de la ceremonia, salió
de su inmovilidad . Caminó lentamente hacia la sepultura recientemente
ocupada.
En su mano derecha llevaba un ramo de flores rojas. Rosas tal vez.
Empezó a recorrer el sinuoso sendero de grava que llevaba hasta
aquel sector del parque. El sonido de sus pasos era lo único
que rompía el silencio además del canto de los pájaros.
Era un hombre alto, muy alto y de cabello abundante y totalmente blanco.
Su paso largo y ágil desmentía la edad que el cabello
encanecido declaraba. Vestía totalmente de negro y a poco de
empezar a caminar bajo el sol se sacó el abrigo sin disminuir
el ritmo de su paso.
Se detuvo de pronto, dudó , volvió sobre parte de lo que
había caminado y se sentó en un banco de madera al costado
del sendero. Desde ahí miraba fijo el sector que había
estado atendiendo desde la distancia. Leyó: "Las Magnolias"
en un coqueto cartel indicador. Se incorporó y pisó el
césped de ese sector. El sonido de sus pasos quedó amortiguado
por la perfecta alfombra. Con la campera bajo el brazo caminó
lentamente mirando el suelo.
Lo
había observado desde que llegó al lugar. Pasó
cerca mío con sus rosas en la mano, pero no se fijó en
mí, ni en nada . Se había mantenido alejado del grupo
que acompañó al cortejo y así, distante, había
permanecido durante los minutos que duró la ceremonia.
Ahora,
lo veía caminar encorvado por el sendero. Lo vi dudar y sentarse
un momento.
Esperé.
Quería ver qué decidía. Lo miré desde la
fuente donde me había quedado, deseosa de soledad antes de volver
a casa. Me mojé las manos, sentí la frescura del agua
pero no me distraje de la figura del hombre. Vi cuando se incorporó
del banco y caminó decidido hacia el sector que buscaba, lo vi
leer una a una las placas , como queriendo demorar el trayecto y al
llegar a la sepultura nueva , lo vi caer de rodillas sobre la alfombra
verde mientras su enorme cuerpo se sacudía por el llanto que
yo no escuchaba. Lo vi tomar las rosas que llevaba y deshojarlas una
a una sobre la tapa provisoria, sin dejar de llorar.
Esperé,
pero el hombre no abandonaba el lugar y su cuerpo se parecía
a un ovillo negro tirado sobre el césped. Un poco por preocupación
y con una enorme curiosidad caminé hacia él. A medida
que me acercaba pude escuchar su llanto desconsolado y me desgarró
el alma. Una profunda piedad empezó a desalojar a mi viejo rencor
que había esperado ese momento durante años.
Vi las rosas deshojadas formando un pequeño colchón carmesí
sobre la tapa verde. Sus manos de largos dedos tomaban en puñados
los pétalos y los dejaban caer nuevamente en forma de lluvia
perfumada. Una y otra vez hacía llover pétalos rojos sin
dejar de llorar.
Me
paré detrás suyo y no se dio cuenta de mi presencia absorbido
por su dolor . Le toqué apenas el hombro y le pregunté
si se sentía bien.
Levantó la cabeza y me miró . No me reconoció.
Creo que ni siquiera me vio. Su rostro era la imagen del desconsuelo,
del vacío, del dolor más profundo, de ese dolor que se
sabe insuperable... y de la soledad.
Ese rostro que Ella había amado tanto ya no reflejaba aquella
seguridad y fiereza que le conocí a través de las fotos.
La mirada ferozmente enmarcada por las pobladas cejas blancas, era una
mirada más, sin el fuego
aquel, nublada por los años y la soledad que él mismo
eligió al alejarse de Ella sin ninguna explicación. Solo
dejó unas pocas y crípticas palabras que recordaba haber
leído -ya adulta- tratando junto a Ella, de encontrar algo que
nos orientara, que nos dejara comprender el por qué de ese adiós
sin preámbulo, de un adiós solo precedido por el amor
, por mil promesas y planes de futuro que quedaron congelados, sorprendidos
como Ella... como yo, que sufrí ante su desconcierto, ante su
necesidad imperiosa de entender, ante sus intentos de encontrarlo, ante
cada una de sus conjeturas que intentaban darle una razón a lo
que quizás no la tenía,
ante sus lágrimas, ante su ingreso a la coraza de la que ya nunca
salió , ante el desasosiego de su alma que empezaba a envejecer
a pasos acelerados, ante el inicio indeclinable de su abatimiento. Yo
la vi llorar sin lágrimas para no apenar demasiado mi niñez,
lloraba con el alma hasta que finalmente el dolor fue demasiado, no
pudo contenerse en su interior y tomó forma definida.
Después
de tantos años, él estaba frente a mi. Y solo pude sentir
pena. Todo lo que pensé que le diría se desvaneció
al ver en su rostro las huellas de una vida fracasada, de un dolor viejo
y por mucho, superior al mío. Comprendí que ese remordimiento
lo acompañaría siempre hasta el fin de sus días
sin disminuir, sin amoldarse dentro suyo. Supe que más castigo
no tendría lugar porque todo en él era dolor.
Y sobre todo, tuve la certeza de que Ella no hubiera querido más
dolor para el hombre que había amado tanto.
Le
dije que me disculpara y me fui de allí caminando casi avergonzada
por invadir ese momento. Caminé muy rápido haciendo crujir
el sendero.
Dejé
detrás de mí a ese hombre desolado, solo, sobre la tumba
de mi madre.
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Aniusha
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