GENARA
por Aniusha Tzarev

No recuerdo qué día era aquel en que la vi por primera vez, pero sí recuerdo que a pesar de los alertas de mis amigos de entonces y las advertencias de mi madre, su aparición no me provocó el terror que auguraban.

Sé que era verano, porque solo en aquellas tardes me estaba permitido permanecer en la vereda jugando o conversando con los demás chicos de la cuadra. Éramos muchos por aquellos años.
Después de la obligatoria siesta (que ninguno de nosotros dormía y todos odiábamos) sentarnos en la vereda frente a la casa de alguno del grupo era un rito que se acompañaba con una naranja apenas agujereada para chupar o un helado de palito comprado al heladero que pasaba cada tarde ofreciendo a los gritos su mercadería.
El momento de mayor emoción de las tardes venía acompañado por el ruido del camión regador que muy lentamente recorría las calles de tierra hasta llegar a la nuestra.
El camión municipal, con su inmenso tanque anaranjado se escuchaba desde lejos, era inconfundible el motor opacado por el ruido del agua saliendo con gran presión hacia ambos lados. Inmediatamente corríamos a sentarnos en el borde de la vereda, calculando si el chorro nos alcanzaría o pasaría apenas salpicando. Todo dependía de la presión que el chofer le impusiera. Si con suerte venía un chofer con ganas de divertirse, al vernos allí sentados , aumentaba de pronto la presión del agua de ese lado de la calle, entonces el chorro crecía súbitamente hasta cubrir la mitad de las veredas obligándonos a escapar y pegar la espalda contra la pared
entre risas nerviosas. Claro que alguno de los varones aceptaba gustoso el reto y se dejaba envolver por el enorme chorro de agua, mientras las chicas gritábamos con una mezcla de horror, admiración, diversión... y claro, también algo de envidia.
Tras el paso del camión anaranjado, el barrio quedaba perfumado por el inconfundible aroma de la tierra mojada.

Una tarde cualquiera de aquellas, la presencia de Genara la anticiparon un par de perros que se adelantaban a su paso. Unos galgos enormes caminaban con soltura e indiferencia por el medio de la calle y cada tanto se detenían para mirar hacia atrás.
Raúl, con los ojos agrandados por el miedo, gritó - ¡ viene Genara! y todos corrieron al medio de la calle mirando hacia las vías del ferrocarril. Al verla a la distancia, confirmaron lo que había anticipado Raúl y no dudaron en huir cada uno a su casa.
Yo me quedé sentada sin que el susto de mis amigos me perturbara.
En realidad, solo lograron con su actitud, despertar mi curiosidad, que ya por aquellos tempranos años, era enorme.
Solo cambié de lugar. Me senté en el escalón más bajo de los tres o cuatro que formaban el acceso a la casa de Sergio. Desde allí, lo más cerca de la calle posible, seguí chupando mi naranja poniendo especial cuidado en que la cáscara se conservara intacta hasta que le extrajera todo el jugo (esto era un reto que no todos lográbamos...) y mientras, desviaba mis ojos hacia la derecha, hacia las vías lejanas, tratando de no demostrar miedo ni demasiada curiosidad.
Sinceramente, a medida que los ladridos aumentaban y se oían más cercanos, mi curiosidad se sintió disminuída frente al miedo, pero seguí sentada con mi naranja casi agotada.
Recuerdo que en ese momento, lejana y débil, escuché la melodía de la armónica que anunciaba que el afilador andaba cerca también.
Cuando sentí la voz de Genara, no pude seguir en actitud de indiferencia y miré. Ahí estaba ella; la mujer que tanto asustaba a los chicos del barrio a través de los relatos de los padres, que tenían para contar sobre ella, decenas de historias que explicaban la causa de la locura que según todos, sufría y la hacía vivir así, aislada, agresiva ante las miradas curiosas. La voz del pueblo había adornado su historia
con toques truculentos, como aquella versión que decía que había asesinado
a toda su familia y robaba chicos para alimentar a su jauría compañera.
Cada persona sentía la obligación de agregar algo más para cumplir con
esta costumbre tan...típicamente humana.
Genara era una mujer de porte sencillo que hubiera pasado desapercibida entre otras si no fuera por su vestimenta.
Recuerdo claramente una larga pollera multicolor que se movía graciosamente acompañando su paso, similar a la que usaban las gitanas; un rostro de edad indescifrable donde los ojos claros se destacaban tan enigmáticos como la edad de su dueña. No recuerdo su cabello porque llevaba un pañuelo cubriéndolo. Su piel era de un tono dorado que no sabría hoy describir con exactitud y si guardo ese recuerdo es porque me impactó el contraste de su piel con sus ojos y los llamativos colores del pañuelo.

Genara, yo lo sabía por los relatos familiares, nunca andaba sola; sus perros la acompañaban en sus escasas apariciones. Eran muchísimos, de toda clase y tamaño. Creo recordar que mayormente, galgos. Todos la rodeaban y caminaban con ella excepto por el par que se adelantaba unos cuantos metros.
Ahora, al tratar de describir aquello, lo evoco y lo veo claramente, pero sé que no puedo transmitirlo fielmente con palabras. Para mi mente volada , inclinada a la fantasía, Genara me pareció mágica, como un hada y su corte de duendes custodios.
Caminaba lentamente con una varilla delgada en la mano y hablándole todo el tiempo a los perros que se disputaban las caricias de sus manos que se repartían generosas.
Aunque mis amigos habían desaparecido sabía que estarían espiando
tras las cortinas de sus casas.
Ahora pienso y me parece extraño que alguna madre alertada no hubiera salido a buscarme y "ponerme a salvo".
Al pasar frente a mi, Genara se detuvo y me miró. Sus perros hicieron lo mismo. Caminó hacia donde yo estaba con mi naranja seca y me preguntó mi nombre...
Me llamo Anita- respondí.
No tenés amigos? - siguió preguntándome y el miedo de los chicos y las
madres (la mía incluida) hacia esa cálida mujer, me pareció una estupidez.
No - le contesté y no sé porqué... tal vez sentía que no estaba mintiendo.
Yo soy Genara - me dijo- y ellos son mis amigos..
Sus amigos, como ella llamaba a la jauría, luchaban entre sí por permanecer en contacto con sus polleras y sus manos. No dijo más y siguió su camino siempre hablando con su corte y llamando por su nombre a algún rezagado que inmediatamente respondía a su voz y corría junto al grupo.
Me quedé mirándola hasta que estuvo lejos y ya no se escuchaban los ladridos ni su voz respondiendo a ellos en perfecta y mutua comprensión .
Sé que la madre de alguno de los chicos le contó a la mía "lo que yo había hecho". Hablar con Genara me costó un reto y un recordatorio de lo peligrosa que era esa mujer que vivía en una casucha tras las vías del ferrocarril rodeada de decenas de perros como única compañía.
Escuché una vez más aquello de que nadie sabía con certeza quién era ni de donde había venido, pero no dije nada de lo curioso que me resultaba que a pesar de eso, parecían saber todo de ella.
Todos los adultos (y los chicos por extensión) coincidían en que estaba loca aunque diferían en la causa . Había una versión que aseguraba que había perdido a su esposo e hijos en un accidente, otra que acusaba de su locura a un amor frustrado y también culpaban a "misteriosos trastornos femeninos" de su extravío (por entonces, todo lo femenino era "misterioso")
Nadie sabía de ella pero todo sabían. Típico de pueblo chico.
No sabré nunca qué fue de Genara ni me interesaría averiguar si estaba o no enferma. En aquella época yo tenía alrededor de ocho años y de ella conservo una imagen casi mágica como surgida de uno de los tantísimos cuentos con los que llenaba mis horas solitarias : sus ojos claros destacados en su rostro dorado , su voz educada y firme , los colores y los sonidos que la rodeaban... y su misterio.
La recuerdo siempre y no con miedo, mucho menos con lástima. Genara irradiaba paz.
Hoy, pensándola, estoy segura de que aquella mujer tenía un mundo interior mucho más rico y puro que quienes huían de ella y tejían un negro pasado alrededor suyo... y sobre todo, sé que mi soledad, ya por entonces, era infinitamente mayor que la suya.


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Aniusha
rusa@ener.com.ar



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