EL DIA QUE DESAPARECIO LA COMPUTADORA
Por Sofía Baratz

La noticia llegó sorpresivamente, y fue creciendo, creciendo como río de montaña después de una tormenta. _ ¡Se la llevaron durante la noche!... ¿cómo pudieron hacer semejante cosa?. ¡Odian el progreso! -gritó histérica-Jorge Santillán la escuchaba atónito.
En silencio descolgó la chaqueta de un gancho en la pared y se la puso sobre la camiseta de mangas largas. La seriedad del caso ameritaba un trato especial. Después se sentó detrás del escritorio y ya, completamente cómodo en su rol de cabo 1°, se dispuso a tomar la denuncia.
- ¿Cómo dice ud. que sucedieron los hechos? La mujer no percibió que el policía repentinamente había dejado de tutearla; a pesar que se conocían desde niños.
- Llegué como todas las mañanas y cuando quise encenderla me di cuenta que no estaba allí. Porque desde que la trajeron siempre llego quince minutos antes para encenderla, retirarle el polvo y limpiarle la pantalla. ¡Al fin y al cabo es gracias a ella que este pueblo progresa!
Alegre García, no se podía decir que hiciera honor a su nombre. Alta delgada y seca como una espiga. En el pueblo la llamaban la “Alambre de pua” porque no había hombre que se le animara. La habían nombrado bibliotecaria quince años antes, cuando decidieron que era hora de darle importancia al desarrollo cultural de Ritau.
En ese momento entró María de las Mercedes Santillán, la esposa del cabo. No pareció sorprenderse, saludó con la cabeza y retiró el mate que su esposo había dejado sobre unas fichas, marcándolas con una aureola verde. Al salir alcanzó a escuchar.
- ¿Y ud. Sospecha de alguien? Se envolvió en un poncho y corrió al almacén de Severino; ella sí sospechaba de alguien...
- Margarita, Margarita, ¿te enteraste? Se robaron la computadora de la biblioteca... Severino asomó la cabeza por detrás de una estantería
- Bah... Pa’ lo que servía...
- ¡No seas bruto hombre! –le retrucó Margarita- nuestros hijos también tienen derecho a progresar, no por ser pueblerino hay que ser bruto.
- Seguro que fue el hijo de los Oliva. –Especuló María de las Mercedes- hace unos meses se robó el escudo de la puerta de la comisaría. Decí que el jorge investigó a fondo y lo encontró en el gallinero de los Soria... tuve que lavarlo con lejía. Las gallinas le habían cagado encima.
- No creo... –dijo Margarita pensativa- si no sabe leer ¿Pa qué va a querer eso que no sirve para nada?
La llegada de la PC había despertado en Ritau adhesiones y enconos. La había provisto el Ministerio de Educación, sin especificar dónde debía ser instalada. Esta falta de precisión desató una lucha feroz entre la “Alambre de pua” y Florencia Argüelles, la directora del colegio. La primera argüía que en la biblioteca estaría al servicio de todo el pueblo y también del par de cientos de turistas que llegaban a gozar de las ignotas playas en verano. La docente, en cambio, insistía en que
- En primer lugar se debe pensar en los veinticinco alumnos y las dos maestras, si queremos mejorar la enseñanza –mientras decía esto imaginaba que bien luciría semejante modernidad en la mesa de su despacho- La “Alambre de pua” encontró finalmente un argumento irrefutable “¿Qué pasaría los meses de verano?... cuando la escuela permanece cerrada por vacaciones... Con mirada triunfal supervisó la instalación junto a la ventana, como para que no pasase desapercibida a los pocos vecinos que pasaban... Y desde ese momento vivió para la computadora.
Viajó a Tres Ríos, donde hizo un curso acelerado de una semana... y sintiéndose una experta regresó a Ritau. Desde ese instante, sólo unos pocos turistas lograron –no sin esfuerzo- posar sus dedos sobre el teclado en pos de su correo electrónico. Tanto maestras como alumnos del colegio debían entregar una hoja con la información solicitada. Entonces ella, retiraba primorosamente la carpeta de crochet que protegía el aparato y procedía a investigar lo requerido. Cuando lo hallaba lo imprimía en caracteres pequeños, para no desperdiciar papel. Si alguien pretendía buscar la información por sí mismo, se justificaba diciendo que la única computadora debía ser manejada por manos expertas, para evitar cualquier tipo de rotura. Florencia Argüelles, ya ni la saludaba, pero no le importó, la computadora era de ella de ella y solo de ella, para eso había estudiado.
A mediodía todo el pueblo era un caldero donde se cocinaban sospechas, acusaciones e indirectas... Yo había llegado a Ritau dos días antes a pasar las vacaciones de invierno en casa de unos primos, y fui testigo de mil elucubraciones distintas... Que los ladrones habían llegado de afuera... _ en éste pueblo nunca hubo robos... _ Seguro fue alguno de los trabajadores temporarios de la estancia “El Jilguero”.
La Directora saboreó su venganza... _ ¿A quién podía interesarle tener algo que no sabía manejar?... Al fin y al cabo en el pueblo había una sola persona que no podía vivir sin ese aparato... Todas las miradas se volvían hacia la “Alambre de pua”... Las sospechas se acrecentaban. El pueblo estaba invadido por un murmullo parecido al zumbido de un enjambre de abejas. La biblioteca se vió invadida... la gente paseaba entre los anaqueles mientras miraba con escaso disimulo a la bibliotecaria. Ese día se retiraron cuarenta y cinco volúmenes, nueve veces más de lo corriente. Lo mismo sucedió al día siguiente y al otro... Al cuarto día la “Alambre de pua” encontró la computadora intacta en la puerta de entrada a la biblioteca. El Cabo Santillan se apresuró a incautar el cuerpo del delito para remitirlo a Tres Rios, donde permanece desde hace cinco años a espera de que el hecho sea esclarecido.

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