UN CUENTO DE FIN DE SIGLO
Cuento

    Palermo Viejo supo ser un barrio con historia. Apacible y soleado, sus árboles poblaban las veredas y las calles conservaban los rieles del tranvía incrustados en el empedrado. Barrio de cortadas donde alguna vez se batieron los malevos a punta de cuchillo. Vecindario de casas chorizo que marcaron un estilo de vida, resistiendo heroicamente los embates de una modernidad prestada, orgullosamente sólidas y generosas, edificadas en los albores del siglo que termina.
     Nadie supo cómo ni por qué sucedió. Tal vez emergió de las profundidades o quizás descendió del cielo.

      Una mañana, los vecinos descubrieron que la plaza Palermo Viejo se había transformado en el Palermo Shopping Mall, un mega complejo comercial de doscientos locales, tres subsuelos para parking y un gran patio de comidas Fast Food. La gente estaba desconcertada. ¿Quién pudo autorizar semejante emprendimiento?
     Pero ésto era sólo el comienzo. Vertiginosamente, la geografía edilicia del barrio comenzó a cambiar. Carrefour y Jumbo no tardaron en ocupar sendas manzanas y en la esquina de Borges y El Salvador, donde estaba el geriátrico, se construyó un gigantesco Mc Donald's con Auto Mac incluído. Burger King y Pumper Nic ya se anunciaban en otros emplazamientos y en los terrenos del ferrocarril surgía Palermoland Park, un parque de diversiones mecánicas. Luego se expropiaron casas para construir autopistas elevadas que cubrieron al vecindario como tentáculos de un enorme pulpo y en las entrañas del barrio se cavaron túneles para un tren de alta velocidad, galerías comerciales y más estacionamientos. Pizza Hut, Block Buster, Tower Record y varios Drug Stores ocuparon el lugar de los antiguos talleres mecánicos y los tradicionales almacenes. Cualquier espacio libre era ocupado por máquinas expendedoras de cigarrillos, gaseosas, golosinas y todo tipo de merchandise. El nostálgico e irregular empedrado fue reemplazado por un asfalto impecable. Robots barredores apenas daban abasto para recoger el desperdicio de tanto packaging tirado a las calles. Torres de propiedad horizontal de uno, dos y tres ambientes brotaron de la tierra hasta alturas impensables.
    Por la noche reinaban las publicidades animadas en enormes pantallas de video a gran altura y carteles electrónicos que apenas lograban atravesar la espesa neblina que provocaba el smog.
    Los árboles que no murieron por la polución fueron arrancados de cuajo para facilitar el tránsito de la gente que atiborraba las veredas. Los pájaros pasaron a ser un recuerdo y el sonido que provocaba la brisa del otoño entre las hojas de los plátanos fue reemplazado por el de los automóviles en las autopistas y el sintético ruido de múltiples casas de Video Games.
    Nada quedó de aquel Viejo Palermo donde los chicos jugaban en la vereda y la murga ensayaba en la placita. Nada quedó, salvo una vieja casa chorizo de la calle Guatemala.
     Don Rosendo, su dueño, había nacido en ella, como su madre y su abuela. Ahí había crecido y ahí vivió con su mujer, ya fallecida. En esa casa había criado a sus hijos y recibía a sus nietos los domingos para verlos correr en el patio bajo la parra que plantó su padre.
    Don Rosendo resistió todos los embates. Le ofrecieron mucho dinero pero se negó a vender. Firme ante presiones y amenazas no abandonó su vieja casa chorizo. Se mantuvo en ella regando las macetas de malvones con sus canarios y su gato.

    Todos los días, a eso de las cinco de la tarde, una multitud rodeaba su casa. Sabían que Don Rosendo saldría a la vereda con su banquito para cebarse unos mates. Muchos le tomaban fotos, sobre todo en ese momento en que en su cara se dibujaba una especie de mueca. Ese gesto antiguo que alguna vez se llamó sonrisa.

Roberto Kuczer (1997)