Cristóbal
(… como Colón pero suplente de EGB)

… Esta vez entró a la oficina de designaciones triunfante, sabía que tenía prioridad para elegir el cargo que quisiera.
Eran seis: dos terceros, un quinto, un primero y dos cuartos. Eligió uno de los terceros, por la mañana. La escuela se encontraba cerca de una de las estaciones del tren que lo traía desde su casa. Solo por 15 días, pero era el más largo.
Preguntó con seriedad si era necesario que se llegara hasta allí esa misma tarde. Le contestaron que no lo era. La alegría lo desbordaba. En la casa festejaron y todo. Esa noche preparó su mochila con cuidado. Más allá del borrador, dos tizas, seis tizas de colores, una de cada uno, lapiceras: azul para el registro, verde para corregir y roja para las notas a los papás, lo habitual, también llevaba un block de hojas oficio para aquellos que las necesitaran. Seis lápices negros y una caja con 24 fibras recién compradas.
El guardapolvo fue repasado por la plancha de su mamá quien también le sacó dos manchitas que tenía en el borde trasero y que seguramente se habían producido en el tren. Miró su calendario. No había ninguna efeméride que coincidiera con el día siguiente. Prendió la luz y se quedó mirando el techo. La mochila al lado de la cama, el guardapolvo colgado del perchero de la puerta. Velaba por sus armas como un antiguo caballero. Releyó su carpeta de actividades, separada por años, hasta noveno por si tomaba alguna preceptoría. El despertador sonó a las 5 en punto y lo sacó del letargo en que había caído leyendo y sin dormir. A las seis estaba esperando el tren, debía llegar a las seis y veinte, ese horario le daba tiempo de llegar a la escuela sin contratiempos. Dos estaciones antes de llegar se detuvo y ya no reinició la marcha. Todos los pasajeros bajaron y esperaron el siguiente que llegó 25 minutos después. Crsitóbal consultó su reloj y se inquietó, debería correr para llegar a la escuela. Ya le habían dicho cómo llegar, el día anterior, una maestra que viajaba en el mismo tren: debía caminar unas cuadras y cuando llegara a la esquina de la verdulería, debía seguir una más y entrar por el asfalto. Simple.
Llegó a las 7.45 con esos 15 minutos le bastaban. Estaba lloviznando. Los zapatos empezaron a llenarse del barro de la calle y un salpicón de otro transeúnte puso lunares negros en el guardapolvos.
Tres cuadras después buscó la verdulería que, para sus nervios, estaba allí pero no era. Cada esquina poseía una. Llegó a la escuela con apenas dos minutos para la entrada. Luego de los trámites de rigor lo llevaron a su salón, los niños ya habían entrado.
Treinta y siete caritas lo miraron entre sonrientes y asustadas, el aula era pequeña y las ventanas daban al patio donde en ese momento hacían gimnasia alumnos de tercer ciclo con muchos gritos. Las paredes descascaradas y con humedad. Los chicos estaban dispuestos de manera que al menos el maestro pudiera pasar por un pequeño pasillo. Dejó la mochila sobre el escritorio, sacó las tizas y el borrador y saludó con una gran sonrisa.
Escribió su nombre en el pizarrón y esperó el comentario sobre Colón. No lo hubo entonces dijo: “como Colón” Escribió la fecha y enseguida surgió la crítica de que esa no era la manera correcta, pidió un cuaderno y lo hizo a la manera de la maestra. Nueve de los chicos le pidieron lápices para escribir, ya que no tenían y tampoco lapiceras. Dio hasta el suyo personal, la lapicera azul y la roja. Yo no lo hago dijo uno de los chicos. Vamos, vamos, alentó Cristóbal. No, fue la contestación. El nunca hace nada dijo otro. Es boliviano, dijo un tercero. Cristóbal explicó que nada tenía que ver. El designado gritó que no era boliviano y saltó del banco rumbo al otro para pegarle, cosa que hizo sin que Cristóbal pudiera detenerlo. El golpeado lloró. Cristóbal levantó la voz para retar al agresor que movía los hombros de abajo hacia arriba indicando lo poco que le importaban las palabras de Cristóbal. Mientras atendía al malogrado miró su reloj. Eran las 8.30…

(continuará…)

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