| Padres
de la Patria En todas las obras de San Martín pueden encontrarse anécdotas y enseñanzas. Hoy he elegido una que es bastante conocida. Ya anciano, San Martín jugaba con sus nietas, cuando de improviso llegó su hija Mercedes. Sorprendida observó a las niñas y se dispuso a retarlas ya que ellas jugaban con medallas que había ganado el general. San Martín ante el hecho le pidió que no lo hiciera. Nerviosa, Merceditas le dijo “pero papá, ¡son sus medallas de Baylén!” El general sonrió y mirándola a los ojos le contestó”¿ de qué sirven todas las medallas del mundo si no sirven para lograr la sonrisa de un niño. ¿Cuál es la distancia entre este padre que daba a su hija el ejemplo de desprendimiento en pro del bienestar de un niño contra aquellos que nos exigen desprendimientos casi físicos? Una sociedad que vapulea a sus hijos más desprotegidos, una sociedad “padre” que maltrata, que abusa, que violenta, que subvierte, que engendra mutaciones constantes de las que reniega. “ De eso no se habla…” Hubo una película con ese nombre donde lo parido no debía estar a la vista, donde la sangre de su sangre era vergonzosa, donde el amor tenía el límite necesario como para exorcizar los demonios de la libertad. La desidia nos dejó en la orfandad absoluta, premeditada, por padres de otras patrias, de otras familias, de otros mundos. Nos convirtieron en parias desorientados, increíbles. En zombies con voluntad aparente, en el bizarro del ser humano. Sin embargo, la novela no es de ciencia ficción. La novela es un documental sin terminar, apenas recortes sin editar y sin un guión terminado. Un guión que, desde la escuela, es más fácil de lo que se imagina. Porque la escuela también puede denunciar. No a la comisaría más cercana, no a un “medio” de los que creemos que nos llega la información. La escuela puede denunciar desde sí y para sí. “La escuela es agente de cambio”, sí, sí, seguro, es un estigma echado a rodar, pero no lo será si no lo hace consigo misma, sin que podamos cambiar a los propios maestros, a los que se niegan a cambiar, a los que se niegan a “retroceder”, retroceder hacia ese lugar donde el compañero era el que estaba “al lado tuyo” no “uno mismo”, que cagarse en los demás no es la manera, que las vendas en los ojos, que las cabezas escondidas, que las aceptaciones forzozas, no resultan a la hora de ser elegidos por… ¡qué importa quién! Nadie nos elige, nosotros elegimos ser maestros. Ser útiles por más miserables que nos quieran hacer creer que es la vida. La soberbia me pide ser padre de cada chico que me llega a las manos, maravilloso. La verdad me pide que empiece a verte, a vos, a cada uno, de los maestros, de los que se ríen histéricos apelando a las “graciosísimas” historias que nos suceden cada día. Pero … siempre el pero está a la vuelta de cualquiera de nuestros pensamientos … ¿qué es lo que podemos? ¿cuánto podemos? Por qué no ser los sanmartines, cada uno de nosotros, seamos “sus muchachos” como los llamaba, dispuestos a todo por el otro, por todos. NO SE …. A lo mejor si buscamos un padre lejos, un padre que esté más lejos de la realidad que nos quieren vender, lejos, muy lejos, tanto que nos demos cuenta de que, como alguna vez dijo León Gieco: “el lugar más lejano es el que estamos pisando” Daniel Asprela |
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