CARLOS FUENTES
MEXICO
Escritor mexicano, nacido en Panamá y crecido en diversos países americanos, a causa de la profesión diplomática de su padre. Sus obras: Los días enmascarados (1954) y Las buenas conciencias (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962), La región más transparente (1958), Zona sagrada (1967), Cambio de piel (1967), Terra nostra (1975), Agua quemada (1981); Gringo viejo (1985); El tuerto es rey (1971), Orquídeas a la luz de la luna (1982) y Ceremonias del alba (1991) El naranjo (1993), Diana o la cazadora solitaria (1994) y La frontera de cristal .

texto presentación de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar
publicado en el suplemento Cultura del diario La Nación de Argentina.
..."Como sucede a veces, lo conocí antes de conocerlo.
En 1955, editaba yo una Revista Mexicana de Literatura con el escritor tapatío Emmanuel Carballo. Allí se publicó por primera vez en México una ficción de Gabriel García Márquez, "Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo".
Gracias, también, a nuestras amigas Emma Susana Separatti y Ana María Barrenechea, pudimos obtener la colaboración de Julio Cortázar.
"Los buenos servicios" y "El perseguidor" aparecieron por primera vez en nuestra revista renovadora, alerta, insistente, hasta un poco insolente. Más tarde, casi como parte de una conspiración, Emma Susana me dejó leer el manuscrito de una novela de Cortázar cuyo eje narrativo era la descomposición del cadáver de una mujer enterrada con máximos honores bajo el Obelisco de la avenida 9 de Julio, en Buenos Aires.
En ondas concéntricas, la peste, la locura y el misterio se extendían desde allí al resto de la República Argentina.
Finalmente Julio no quiso publicar esta novela; temió que fuese juzgada como un tópico. Lo importante ahora es recordar que él fue un hombre que siempre se reservó un misterio. ¿Cuántas páginas magistrales quemó, desfiguró, mandó a un cesto o a un archivo ciego?.
Después, sin conocernos aún, me mandó la carta más estimulante que recibí al publicar, en 1958, mi primera novela, La región más transparente. Mi carrera literaria le debe a Julio ese impulso inicial, en el que la inteligencia y la exigencia, el rigor y la simpatía, se volvían inseparables y configuraban, ya, al ser humano que me escribía de usted y con el que yo ansiaba cortar el turrón"...
Su correspondencia era el hombre entero más ese misterio, esa adivinanza, ese deseo de confirmar que, en efecto, el hombre era tan excelente como sus libros y éstos, tan excelentes como el hombre que los escribía.
Por fin, en 1960, llegué a una placita parisina sombreada, llena de artesanos y cafés, no lejos del Metro Aéreo. Entré por una cochera a un patio añoso. Al fondo, una antigua caballeriza se había convertido en un estudio alto y estrecho, de tres pisos y escaleras que nos obligaban a "bajar subiendo", según una fórmula secreta de Cortázar.
Verlo por primera vez era una sorpresa. En mi memoria, entonces, sólo había una foto vieja, publicada en un número de aniversario de la revista Sur . Un señor viejo, con gruesos lentes, cara delgada, el pelo sumamente aplacado por la gomina, vestido de negro y con un aspecto prohibitivo, similar al del personaje de los dibujos llamado Fúlmine.
El muchacho que salió a recibirme era seguramente el hijo de aquel sombrío colaborador de Sur: un joven desmelenado, pecoso, lampiño, desgarbado, con pantalones de dril y camisa de manga corta, abierta en el cuello; un rostro, entonces, de no más de veinte años, animado por una carcajada honda, una mirada verde, inocente, de ojos infinitamente largos, separados y dos cejas sagaces, tejidas entre sí, dispuestas a lanzarle una maldición cervantina a todo el que se atreviese a violar la pureza de su mirada.
-Pibe, quiero ver a tu papá.
-Soy yo.
Estaba con él una mujer brillante, menuda, solícita, hechicera y hechizante, atenta a todo lo que sucedía en la casa, Aurora Bernárdez. Entre los dos, formaban una pareja de alquimistas verbales, magos, carpinteros y escribas, de esos que durante la noche construyen cosas invisibles cuyo trabajo sólo se percibe al amanecer.
Este era Cortázar entonces, y Fernando Benítez, que me acompañaba en la excursión a la plaza del General Beuret, estuvo de acuerdo con mi descripción pero añadió que ese rostro de muchacho, cuando se reía, cuando se ensimismaba, cuando se acercaba o alejaba demasiado (pues Julio era una marea, insensible como los movimientos de plenitud y resaca de los mares que tanto persiguió), empezaba a llenarse de diminutas arrugas, redes del tiempo, avisos de una existencia anterior, paralela, o continuación de la suya "...

Carlos Fuentes: “Lo recuerdo: la mirada inocente en espera del regalo visual incomparable. Lo llamé un día el Bolívar de la novela latinoamericana. Nos liberó liberándose, con un lenguaje nuevo, capaz de todas las aventuras. Rayuela es uno de los grandes manifiestos de la modernidad latinoamericana, en ella vemos todas nuestras grandezas y miserias, nuestras deudas y oportunidades, a través de una construcción verbal libre, inacabada, que no cesa de convocar a los lectores, que necesita para seguir viviendo y no terminar jamás”.

ENTREVISTA EXCLUSIVA CON EL ESCRITOR MEXICANO CARLOS FUENTES
"Aun si no hubiera escrito una línea, Julio era un tipo adorable"
Antes del coloquio, Fuentes repasó con Clarín su entrañable amistad con Cortázar.
Flavia Costa. GUADALAJARA. ENVIADA ESPECIAL..
Publicado en Diario CLARIN: 15-2-04
Pantalón claro y pulóver rojo, dos ojos negros, calmos, que de pronto se entrecierran y cuando se abren hacen espuma. Carlos Fuentes mira distinto cuando habla de su amigo Julio Cortázar. Hablará de Cortázar varios días, y parece que esto a Fuentes, uno de los hombres más influyentes de México, le da una alegría enorme, porque no para de sonreír como un chico.
—Una vez definió a Cortázar como el Bolívar de la novela latinoamericana . ¿Por qué ve a Cortázar como un libertador?
—Porque significó para la liberación de la lengua, el desprendimiento voluntario de la tradición de la novela del siglo XIX, el fin de la pretensión de realismo, de psicologismo. Del mismo modo en que, antes de ser escritos, Hamlet o el Quijote no eran imaginables pero hoy no podríamos entender la realidad sin ellos, cuando Cortázar inventa a Oliveira, Talita, La Maga, el bebé Rocamadour está explorando la posibilidad de nuevas figuras que no preexistan a la escritura. Una creación para la cual necesita —como él mismo decía— describir el lenguaje. Así, con Rayuela , abrió una serie de avenidas para la novela latinoamericana y mundial que no acabamos de explorar aún. Incluso una avenida terrible: la de convertirnos exclusivamente, como única ocupación de nuestras vidas, en lectores de Rayuela .
—El propio Cortázar tenía conciencia de que sus lectores podían dividirse en dos: los que preferían sus novelas o sus cuentos. ¿Dónde se ubica usted?
—Me gustaban por igual los dos. Y antes que ellos dos, me gustaba el ser humano Julio Cortázar. Hay que empezar por ahí: aunque no hubiera escrito una línea, Julio era un tipo adorable. Pero además era un escritor inimitable y un gran conversador: hablaba bárbaramente de literatura, de música, de cine. Recuerdo siempre ese viaje que hicimos de noche en tren con Cortázar y García Márquez. Corría el año 1968 e íbamos a Praga. Y no dormimos un minuto, porque Cortázar nos mantenía despiertos hablando de jazz, del uso de la música de piano en cine. Tenía un gran repertorio sobre la novela policial que ocurre en trenes, desde Sherlock Holmes a Agatha Christie.
—¿Qué iban a hacer a Praga?
—Teníamos varios planes. Uno era ir a hablar sobre Latinoamérica con obreros y estudiantes trotskistas. Recuerdo que me jugaron una mala pasada: me mandaron en representación con la excusa de "Carlos, a ti no te cuesta hablar en público", mientras los otros dos se escapaban a escuchar jazz invitados por Milan Kundera.
—Se dice siempre que la escritura de Cortázar es juego, un permiso para reinventar todo. Pero todo juego conlleva riesgos. ¿La escritura también?
—Sí, la escritura es una apuesta en la que se puede ganar o perder. Yo creo que las grandes novelas son las que se exponen al riesgo del fracaso. Ahora, qué pasa: un gran escritor de novelas, como era Cortázar, sabe bien que no se puede escribir un libro perfecto. El único libro perfecto lo puede escribir Dios, pero en ese caso, ¿quién puede leerlo? De modo que hay que aceptar ese resquicio de fracaso, donde la novela pueda sangrar para ser humana. La Metamorfosis sangra, el Ulises sangra y Rayuela sangra, también. No son perfectas. Y ahí están la humanidad del libro, y su grandeza.
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